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miércoles, 9 de junio de 2010

CAPITULO 11º (segunda parte) del EL SAURE DE MI PUEBLO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

Capitulo11º (Segunda parte): EL SAURE DE MI PUEBLO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
Existe el paseo oficial del pueblo que es donde está el ayuntamiento de Jabugo y el juzgado y el casino central y la telefónica y la iglesia de San miguel Arcángel.
Y este otro paseo de la carretera o la parada que prácticamente solía pasar un vehículo de muy tarde en tarde.
Esa tranquilidad que daba la ausencia de vehículos ayudado por el frescor que viene por las tardes después de la calima del medio día; serbia para que en las largas tardes de verano paseara las parejas de novios y grupos de niños y niñas ambos separados unos de otro por medio del asfalto de la carretera sin que ningún coche los interrumpiera. (¡Mira¡ fulanito está saliendo con fulanita)

Los niños íbamos por la derecha y las niñas por la izquierda o al revés pero separados unos de otros porque así era lo establecido por la sociedad.

Los niños seguíamos corriendo tras al Saure y nuestro paisano que le tocaba irse ; con la mano abierta nos decía con gran pena:! Adiós! desde el cristal trasero.

Los adolescentes íbamos a nuestro royo; Ya queríamos hacer cosas simulando a ser hombres. Como por ejemplo el Fumar. Y nos fumábamos el primer cigarro a escondidas; que hacíamos de matalahúva. Cuando le dábamos una cala, pegaba unos traquios reventándose los granos y tosimos más que un tuberculoso.
También intentamos hacernos un cigarrillo con una hoja de un árbol que le decíamos las orejas de elefante que estaban caídas en el suelo y se habían secados con el sol.
El humo no nos lo inhalábamos para dentro sino que lo echábamos para fuera y se nos ponía la lengua muy seca con sabor muy amargo y como una suela de alpargata.

Al Saure lo dejábamos que siguiera su suerte hasta perderlo de vista y nos dábamos la vuelta a la altura del camino que bajaba del Tiro. En aquel entonces residencia veraniega de los jóvenes flechas o falangistas de Sevilla y de los niños pobres del hogar de San Fernando del barrio de la macarena en Sevilla regido por los padres salesianos y también unos jóvenes flechas de Portugal que vinieron invitados un verano en un grande y lujoso autobús.
Siempre los portugueses condujeron grandes y robustos y lujosos coches extranjeros.

El autobús de línea regular de Jabugo, llamado Saure. Seguía su marcha con dirección a la estación de autobuses de Sevilla en el Prado de San Sebastián, iba tan despacio que corriendo casi podíamos tocarle con la mano, y no dejábamos de pensar en nuestro amigo que se quedaba sin su patria chica y que donde quiera que fuera era un extraño forastero fuera de sus raíces y su tierra.

Nunca perdimos los orígenes de nuestro viejo pueblo y todo está grabado en la impronta de nuestro celebro pudiendo hacer distinción de cada estación del año. El verano era el mes que mas me apasionaba de todos. De él tengo un cúmulo de recuerdos imborrable y también de todos los seres vivos de aquella madre naturaleza; allá por el mes de Septiembre con aquel aire oxigenado tan puro y aquellas estrellas y todos los planetas que casi se podían tocar con los dedos de la mano porque no existía ni contaminación de luces ni atmosférica con humos que enturbiaran la visión.

Todas estas vivencias que pasamos desde chico se nos gravo en la mente, haciéndonos afortunados al poder disfrutar de la capacidad que tienen los pueblerinos de observar detenidamente todo lo majestuoso y lo grandioso que nos ofrece el planeta Tierra.

Teniendo a nuestro alcance todos los insectos, aves nocturnas aves rapaces, reptiles anfibios mamíferos y el deleite de pasar largos ratos y a veces horas como paciente observador sin prisas ni agobios, con todo el tiempo del mundo para adquirir sobrados conocimientos del Comportamiento de todos ellos seres vivos.

Podíamos quedarnos largas horas de relajante y de agradable gozo observando a un simple saltamontes, hasta podríamos hacer a nuestra manera una gran tesis doctoral sobre él. Con todo lujo detalles. Distinguíamos perfectamente cuál era el macho y cual la hembra de cualquier invertebrado.

Cogíamos las ranas verdes y con un tallo de avena seca y hueca que allí llamábamos paja, les soplábamos por el ano y se le inflaba el abdomen con el aire; luego las tirábamos al agua y no podían sumergirse porque estaban convertidas en unos globos con su salvavidas puesto. No dejaban de estirar las ancas repetidas veces con intención de sumergirse pero no podían conseguirlo. Hasta que no se tiraban un buen peo como una olla de cuatro asas que les vaciaban de aire. Era entonces cuando ya se sumergirse en el fondo de la ribera a esconderse entre los juncos la maleza de la orilla los guijarros pelados o piedras o cantos rodados del fondo que allí se le llaman “chinas”.
El otro día en mi casa cogí la gata negra Catalina y me entretuve metiéndole en cada pie media cáscara de nuez, y no me pude reír más en mi vida que viendo a la gata resbalarse en el suelo y empeñada en quitarse los patines que improvise y les metí entre sus manos y pies.
Fin del Capítulo 11º: EL SAURE DE MI PUEBLO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
(UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR)
(Continuara)