domingo, 27 de junio de 2010

FIN DEL CAPITULO 16º: EL TRECE DE MAYO EN MI PUEBLO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

CAPITULO 16º: EL TRECE DE MAYO EN MI PUEBLO.
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
Todos los trece de Mayo eran esperados con gran júbilo y alegría por todos nosotros. Pero este 13 de Mayo de mediados de los 1950 fue especial.
Pasearon la imagen de la virgen milagrosa que decían venia desde Portugal.
Era la Virgen de Fátima y la pasearon por las calles que para tal finalidad habían puesto el suelo todo cubierto de juncos y juncias verdes, romero y flores de todos los olores y colores como si se tratase del día del “Corpus Cristi”.
El último trayecto lo hizo por mi calle, La calle Galaroza y los niños nos situábamos todos en la acera de la derecha y las niñas en la de la izquierda. Cada uno llevábamos una velita blanca encendida en la mano y a la Virgen la transportaban a hombros con dirección a Galaroza o Repilao donde le dirían las mismas oraciones y el mismo recibimiento con cánticos y alabanzas.

Todos los 13 de mayo nos dejaban que hiciéramos un prolongado recreo para que buscáramos las bonitas flores silvestres que nacen en el campo por detrás de las Escuelas y el camino que sale del matadero de María la carnicera bajo los castaños y las encinas y alcornoques, los lirios morados las margaritas los jancitos silvestres, los dedales las grandes flores con un dedo largo amarillo en el centro del pétalo blanco en forma de cucurucho de papa frita de Mª la Pica etc.. Y cada uno con nuestro ramo se lo poníamos a la imagen pequeñita que estaba en el colegio en una hornacina en la pared de la clase, dentro de las Escuelas.
Después todos cantábamos aquello de: el trece de mayo la virgen Mª bajo de los cielos a cova veiria: ave ave ave Mª etc. Etc. Y como no sabíamos portugués pues terminábamos
el cántico diciendo: anunciando este día.
Aunque a decir verdad, las fiestas por arraigo tradicional de las cruces de mayo son las de Almonaster la real cerca de mi pueblo donde las muchachas lucen el traje tradicional de serrana propio de aquella zona.

También por aquellas fechas habían las cruces de mayo, y en grupos íbamos los chavales por las calles con cánticos de: ¡Que viva la cruz de arriba que viva la cruz de abajo! La cruz de arriba no vale ni la de abajo tampoco. Eso que quiere decir que vivamos todos nosotros, que vivamos todos nosotros, y que no pare la función, unos por la calle arriba y otros por el callejón.
Jugábamos y canturreábamos aquello de ¡hilo blanco¡ ¡mas pa alante¡ ¡hilo negro¡ ¡mas pa alante¡ ¡bulto veo y de aquí no me meneo¡
FIN DEL CAPITULO 16º: EL TRECE DE MAYO EN MI PUEBLO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)

viernes, 25 de junio de 2010

CAPITULO 15º: EL MATADERO DE Mª LA CARNICERA. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

CAPITULO 15º: EL MATADERO DE Mª LA CARNICERA. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
A Mª la carnicera que vivía por la calle la fuente; le sacrificaron dos hermosísimos ejemplares de mastines extremeños; argumentando que tenían la rabia y no dejaban pasar a nadie por el camino con sus ladridos, donde ellos guardaban a su rebaño de cabras y ovejas.
Mi amigo Maqui me dijo: ¡vamos a ver los perros de Mª la carnicera¡ que van a matar en el matadero porque están rabiosos.
¡No me digas¡
¡Sí te digo¡ y son unos perros grandísimos con unas enormes cabezas y dos mandíbulas que parten huesos.
Pero no nos dejaran verlos porque si están rabiosos nos pueden morder.
¡No pasa nada¡ A mí me conoce Mª y nos dejara entrar. Yo estoy harto de entrar en el matadero.
En efecto. Entré detrás de mi amigo Maqui y parecía que no se extrañaban de nuestra presencia.
Los dos mozos profesionales y Mª seguían sin interrumpir sus faena.
María vio a mi amigo y le saludo y dirigiéndose a mí me dijo:
Y ¿este de quién es?
De Doña Ángeles la del consultorio.
¡Ah! tú eres el hijo de Don Pedro ¿verdad?
¡Si¡ Señora.
Tu madre ha ayudado a parir a mucha gente aquí. Y se ha dado mucho a valer y a querer. Tanto que la tienen todo el pueblo en estima; y la tenemos en palmitos.
Y tu padre es un buen hombre. Un buenazo. Con un trato muy tolerante. Pero algo mayor para tu madre.
¡Niño¡ ¿tu como te llamas?:
Mi nombre es Antonio Pedro Sánchez Domínguez. Para servir a Dios y a Usted.
Lo de Pedro ¿es por el mote de tu padre de Don Pedro?
¡No¡ señora. Es porque mi abuelo materno que es mi padrino se llama Pedro y quisieron los dos; que yo me llamara así.
Pues tú pareces muy valiente porque todo el que se asoma aquí sale corriendo, cagao de miedo; y tú ni te has inmutado.
¿Has visto matar a animales alguna vez?
¡Si¡ la matanza que se hace en mi casa todos los años con el cochino que criamos.
¡ah¡ entonces por eso estas tan tranquilo viendo tanta sangre.
¿Donde están los perros Señora?.
Ahí están en esos dos cuartos y me los van a matar, siendo tan buenos perros.

Mi amigo el Maqui me dijo: Creo que los desafortunados animales son víctima de tanto celo y eficiencia en su trabajo, y están haciendo verdad el refrán de “muerto el perro se acabo la rabia”. Porque al parecer asustan a todo el que pasa cerca de ellos por el camino.
Estos mastines extremeños son muy guardianes de su territorio, y solamente verlos impresionan, de lo grande y majestuoso que son.
Bueno Maqui: si lo han ordenado las autoridades serán por algo.
Sí, pero yo no me creo nada de lo que dicen.

Le dieron a comer en un trozo de carne envenenada: “la bolilla” (veneno estricnina). A cada uno de los hermosos ejemplares de mastines españoles que permanecían por separado en aquellos “cuartucho” muy pequeño alicatado hasta el techo de azulejos blancos.

El sacrificio tuvo lugar en el mismo matadero que estaba pegado a las escuelas en una cuesta abajo; Cada mastín por separado.
El matadero municipal de Jabugo, era donde se sacrificaban a los animales para ser vendidas sus carnes en el mercado de abastos situado en el lateral derecho de la iglesia.

En el matadero aquel estuve curioseando en más de una ocasión.
Cada recreo de las clases me acercaba a curiosear con mi amigo; puesto que solo nos separaban treinta pasos del patio del recreo y pude presenciar muy de cerca como sacrificaban los mozos acompañados de Mª la carnicera a las cabras y las ovejas con un simple clavo con mango grande de madera.
Los dos mozos debían de ser los hijos de María la carnicera; Eran los matarifes. Y seguían las instrucciones que les ordenaba Mª.
A las ovejas les clavaban por el cuello la puntilla hasta separarle la vértebra cervical. Y una vez inconsciente y sin pérdida de tiempo les daban un corte en el cuello para sacarles toda la sangre que caía sobre un recipiente de porcelana.
Y a las cabras también les hacían lo mismo.
Todavía creo soñar con esos redondos y grandísimos ojos que me miraban desde el suelo muertas y que por mucho que me girara para un lado o hacia otro me seguían los ojos mirando y sin perderme de vista.
Y esos corderos balando desconsolados como pidiendo perdón y clemencia barruntándose lo que se le venía en cima
Tengo que confesar que la primera vez que presencie aquel espectáculo, donde me llevo mi amigo El Maqui, me resulto muy desagradable y me creí que no podía soportarlo pero me hice el fuerte y aguante estoicamente todo el espectáculo.
Allí una vez que eran desangradas las suspendían en unos ganchos que había empotrado en la pared por el maxilar inferior y permanecían colgadas de esa pared alicatada de blanco y eran desolladas (desprendidas de su piel) y troceadas.
Posteriormente esas carnes iban al mercado de abastos para ser vendidas.

Mª removía la sangre en aquel recipiente para que no se cuajara. Dicha sangre serviría después para hacer las ricas morcillas de lustre.
También limpiaba las tripas para hacer los revoltillos de corderos; que servían de tapa o aperitivo en los bares del pueblo

Todavía creo tener en mi celebro el olor de las vísceras emanando un vaho hacia el techo.

Las cabras eran grandísimas y majestuosas comparándola con mi pequeña estatura de adolescente o al menos así me parecían a mí; a juzgar por sus barbas tan largas y sus cuernos tan largos y retorcidos. Eran las famosas y hermosas cabras serranas de múltiples colores en la piel.
Esas cabras eran parecidas a las que criada el pinto en su campo y que después traía a dormir al sótano de su casa, el bueno de Manuel su segundo hijo que tanto trabajó cuidándolas.

FIN DEL CAPITULO 15º: EL MATADERO DE Mª LA CARNICERA. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)

martes, 22 de junio de 2010

CAPITULO 14º: LA CAMPANA MAYOR DE MI PUEBLO del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

CAPITULO 14º: LA CAMPANA MAYOR DE MI PUEBLO del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

Por aquella época se rajó la campana mayor de la torre de tanto usarla.
El cura párroco que era bético y cuando ganaba su equipo tiraba cohetes en el paseo, para poner irritados a dos hermanos que vivían al lado del casino con una hermana y ellos eran Sevillistas. La eterna rivalidad.
A lo largo de la liga de futbol anual. Unas veces ganaba uno y otras el otro. Y Así siguen hasta nuestros días. A excepción de si agunos de los dos cae en la segunda division.

Se hizo una derrama entre los parroquianos y una tómbola diocesana para mandar a fundir de nuevo la misma campana y se bajó desde el campanario; arrojándola y cayendo sobre un gran montón enorme de leña que amortiguaba el golpe sobre las grandes y negras losetas de pizarra del suelo del porche. A pesar de todo. El porrazo fue tan grande y estrepitoso que dañó el pavimento.

Se montó la enorme campana sobre un camión con intención de llevársela para que la fundieran de nuevo a una capital que estaba más para ya de Despeña perros. Tirando hacia el norte.

Aquel acontecimiento no se lo perdió ningún parroquiano y por supuesto allí estuve yo como siempre y en primera fila sin perderme un detalle, se sacaron sillas al paseo, como si fuesen localidades para que nadie se perdiera el espectáculo.
Pasados unos meses regreso la campana nueva y reluciente. Se volvió a poner ayudada con unos polipastos y muchas sogas; en el mismo sitio en el Campanario. Concretamente en la cara de la torre que está el reloj ¿No sé cómo se llamaba la Campana?; pero creo que era la Santa María. ¿Si alguien me lo quisiera confirmar?. Le quedaría agradecido por haber aportado y colaboración en estas Historias. Que espero, algún día cuando estén terminadas adornen la vitrina de la Biblioteca municipal de mi pueblo. Para disfrute de todo el que quiera saber de esa década de los años cincuenta en Jabugo.

Al pueblo también vinieron a visitarnos en otra ocasión 4 o 5 chavales jóvenes mineros de muy corta edad y que habían sido víctima de las graves intoxicaciones que producían las minas de plomo y mercurio de Linares y la Carolina en Jaén. El espectáculo era dantesco al ver a los muchachos de 15 o 16 años.
Venían exhibiéndose por todos los pueblos de nuestra sierra. Dejando a todos impresionados por tan dantesco espectáculo.
Tan jóvenes moviendo los brazos y las manos sin poder tener control de pararlas como si tuviera azogue (nunca mejor dicho) o una cosa parecida al baile San Vito.
Don francisco nos explico al día siguiente en clase; de cómo les había sobrevenido a esos muchachos esa enfermedad profesional que los marcaria para toda sus vidas.
Y nos dijo que el contacto prolongado con el metal líquido del mercurio y el plomo y sus gases al ser penetrados por los poros de la piel, son los que se encargan de paralizar las extremidades del ser humano.
Los muchachos se sentían observados por nosotros, como si se tratase de un espectáculo. Pero ellos no daban muestra de enfado ni desencanto sino todo lo contrario. Como si no tuvieran nada. Jugaban y se gastaban bromas entre ellos y corrían a meterse en el locutorio de la telefónica como queriendo comunicarse con su familia por teléfono.
No sé qué habrá sido de aquellas criaturas tan jóvenes que nos dejo consternados confuso y abatido el ánimo; Porque no habían dicho. Que esa enfermedad no tenia cura.

FIN DEL CAPITULO 14º: LA CAMPANA MAYOR DE MI PUEBLO del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)

domingo, 20 de junio de 2010

Capitulo13º Segunda parte: LA BODEGA CONVERTIDA EN CALABOZO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

Capitulo13º Segunda parte: LA BODEGA CONVERTIDA EN CALABOZO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
Me vi metido en la cárcel o en el improvisado calabozo, exactamente igual que si fuera un convicto, y os puedo asegurar que no recuerdo haber merecido nada tan grave como para pagar ese castigo con 7 años de edad. La sensación que se siente al estar metido por primera vez y oír el cerrojo cuando lo actúan. Es una impresión difícil de narrar. Y las horas que permaneces allí te parecen eternas.

Las dos hermanas catequistas solteronas que perdieron sus novios falangistas en la guerra y se quedaron para vestir santos se encargaban de darnos la catequesis y de prepararnos para nuestra Primera Comunión; Nos trataban con mucho cariño. Y cuando se enteraban de algo que habíamos hecho mal nos daban una reprimenda.
En el tiempo que duro la fratricida guerra entre hermanos que fueron tres larguísimos años. La tabla de salvación para estos nuestros pueblos era el hacerse de falange.
Porque Franco no quería medias tintas: o eres rojo o eres falangista. Los indecisos no eran admitidos en aquella sociedad. Y a la fuerza había que pronunciarse por una cosa o por otra.
El día de los caídos. En la cruz grande de color negro y de madera. Se honraba a los caídos en contienda. Allí solo había un grupo más o menos numeroso de hombres del pueblo y yo que como siempre curioseaba en un extremo de la calle. Escuchaba algunas voces más altas que otras. No podía entender porque se enfadaban y reñían los allí presente. Aunque con el tiempo creo haberlo entendido: Unos querían que se honraran a sus caídos y otros a los suyos.
Mis catequistas se llamaban Doña África y su hermana Doña Elvira eran ellas las encargadas de tales menesteres eclesiásticos enseñándonos las oraciones más elementales y algunos preceptos eclesiásticos para dicha celebración del sacramento de la Comunión que muy pronto tendríamos los de mi edad y que debíamos de acudir sin limpio de todo pecado.

Probablemente sería algún chivatazo que le habían llegado a mis padres de alguna lengua viperina; que nos vio cogiendo higos chumbos que estaban en la solana cerca de la casilla del peón caminero donde vivía nuestro amigo Pavón.

Los higos nos lo comíamos fresquitos más tarde, una vez que estuviéramos sentados en la fuente quino y alguno que pasaba por allí no le agradaría mucho que cogiéramos tan suculentos frutos que con tanto cuidado teníamos que tener para arrancarlos de sus pencas y procurar no llenarnos el cuerpo de sus púas finísimas tan molestas.

Al chivato; no le debió de sentar muy bien, el hecho de que refrescamos los higos con el agua de la fuente Quino de aquel pilar por donde salía el agua fresquísima por un caño de bronce en la pared y rebosando por el pilar se iba hacia un barranco.

Después de desprendernos de las púas de los higos chumbos. Una vez que refregábamos los higos sobre la tierra de la cuneta y metidos dentro de un saco de yute para quitarle el polvo lavábamos los higos en aquel pilar y las posibles púas sueltas se iban flotando con dirección al barranco. Pero alguien que nos sorprendió, no debió de verlo así y pensó que cualquier bestia al beber en el pilar se pudiera clavar una espina, de hecho la burra Margarita de mi padre también bebía allí, cuando venían de recogida del Repilao.

Pienso que uno de los que nos vio les diría a su manera a las catequistas lo que nos había visto hacer en aquel pilar.
De las catequistas iría a mi madre y de mi madre a mi padre. Y luego ya estaba el tinglado servido.
Supondría la lengua viperina que seriamos los culpables de que en una hipótesis pudieran pincharse las gargantas de los animales; Con las púas que corrían flotando dirigiéndose a salir del abrevadero.
O quizás simplemente alguien que nos había visto subido en lo arto de una higuera comiendo las primeras brevas del año, o tal vez subidos en un guindo o cualquier cerezo que nos ofrecía sus ramas inclinadas sobre el camino; con sus rojos y sabrosos frutos, y que solo teníamos que subirnos a la tapia de piedra para tener acceso a ellas.
Cualquier trastada era buena para un castigo.

Allí en aquel lúgubre y frío penal permanecí un día hasta que me levantaron el arresto.
El hecho de no ser muy aplicado en la escuela y dedicar mi tiempo libre a retozar por los campos y explorar montañas y senderos junto al que me enseño: Mi gran amigo El Maqui.

Os aseguro que aquel castigo fue excesivo y no sé el daño que le causaría a mi celebro que estaba desarrollándose pero fue una experiencia malísima y que no se la deseo a ninguna criatura humana.

Ni que decir tiene, que conduciéndome de esta manera, no despertaría en mí el amor a los libros ni a las creaciones literarias.

Si realmente hubiese sentido ese amor quizás me hubiese ayudado mucho a soportar los años que estuve de internado, Porque leyendo a los clásicos podrían haber pasado más rápido los días de mi internamiento que pase en Sevilla. En Rejaco (Logroño) y en Talavera la Real de (Badajoz)

Por aquella ventanita de la cuadra que daba acceso al improvisado calabozo vino mi madre a lo largo de la tarde la cómplice de mi padre acompañada de mis hermanas a traerme un emparedado para que pudiera comer algo, diciéndome: ¡toma hijo mío! Pobrecito mío. Toma come algo ahora que no nos ve tu padre y ha salido para arriba. Come algo que estarás hambriento, y procura portarte bien.

Al no existir agua corriente al principio de los años 50. El cuarto de baño brillaba por su ausencia porque tampoco había desagüe.
Ni que decir tiene: que, las necesidades fisiológicas, había que hacerlas en el corral; y que las gallinas daban buena cuenta de las defecaciones.

El cuarto de baño de mi casa era el corral o el huerto y las gallinas esperaban turno para cuando terminábamos nuestras deposiciones picotear; Tan suculento manjar para ellas. Porque venían corriendo con mucha ansia hacia nuestros traseros.
Las moscas negras y grandes con sus nervios olfativos tan potentes, acudían también prontísimo, con el zumbido de las alas a participar del banquete.

Cuando estas evacuaciones de vientre las hacíamos a campo abierto en las correrías nuestras; a consecuencia de habernos hartado de higos blanco calentitos por el sol, de las higueras de Lepe; La higiene era mucho más complicada porque teníamos que improvisar una pequeña piedra sin esquirlas y que por mucho esmero que pusiéramos al limpiarla para quitarle la tierra, siempre quedaba algo que luego al andar sentías el escozor irritante como si fuera un papel de esmeril o de lija del doble cero.

Era muy normal con los dos tirantes de pana terminado en ojales y abrochados en el peto delantero con dos grandes botones. Que no se llenaran los ojales de los tirantes alguna vez que otra, del hediondo excremento, que por mucho que se refregara con la tierra del camino o con las hierbas; siempre quedaba impregnado el olor que con resignación soportábamos por aquello de que la mierda propia no le huele a uno mal. La del ajeno sí.

Muchas veces en situaciones normales no necesitabas nada porque con esa edad tan temprana los esfínteres están totalmente nuevos y cierran herméticamente, haciendo buena estanquidad.
Más adelante mi padre con su sabiduría de albañil nos hizo un cuarto de baño con su retrete y su lavabo.
En una ocasión vino mi padre alicataote de mosto y se fue al corral cerrando su puerta y escuche a hurtadillas como pintaba a pistola y le decía a las gallinas: ¡Hoy se vais a fastidiar¡ Como no cojáis una cuchara.
Capitulo13º Fin de La segunda parte: LA BODEGA CONVERTIDA EN CALABOZO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950 UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (CONTINUARA)

viernes, 18 de junio de 2010

Capitulo 13º primera parte: LA BODEGA CONVERTIDA EN CALABOZO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

Capitulo13º primera parte: LA BODEGA CONVERTIDA EN CALABOZO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
El castigo más grande que yo recuerde y que nunca seme olvidará fue el de encerrarme mi padre en una pequeña bodega muy fría lúgubre de techo bajo sin luz totalmente a oscuras, solo tenía una ventanita con postigo y reja muy pequeña, por donde se veía el pesebre donde comía la burra Margarita.
Era la ventanita; la encargada de ventilar el lúgubre lugar que mi padre improviso como calabozo para pulgar mi castigo.
Margarita una vez puesta su albarda y su serón, trasportaba a diario en su lomo a mi padre al amanecer al Repilao, la finca heredada de Valdelacana.

El cuartucho aquel tan oscuro y tan frío tenía franqueada la entrada por una pequeña puerta de madera de castaño y disponía de un gran cerrojo que hacía mucho ruido al cerrarse.

Encima del techo estaba el doblado o también llamado desván; dormían plácidamente sobre un montón de paja unas cuantas cebollas y otro tanto de patatas y peros y algunas papas de color negras y arrugadas, son para simiente en la próxima siembra.
Colgados de los palos de castaño en el techo con las alcayatas; varias piñas de tomates verdes, pimientos choriceros y ristras largas de ajo y matas de tomates verdes enteras, que con el paso al invierno llegan a ponerse rojos cerca de la Navidad. De la misma forma dos melones amarillos metidos en una redecilla construida de juncia de rivera trenzada con unas mallas de forma de rombo que permanecían suspendidos en las alcayatas del techo, cerca de las tejas que se apoyan sobre tablas de madera de chopo, a estas tablas creo que le daban el nombre árabe: (Alfajías). Por allí penetra de entre las tejas algún que otro lucero (haz de luz en forma de circulo) que llega a descansar en el suelo del doblado sobre las losetas catalana de arcilla cocida y que parecían linternas encendidas.
Como las que describí en el capítulo de las bóvedas de riberas y que tanto nos impresiono en aquella aventura con mi amigo el Maqui. Ahora comprendo porque los moriscos gustaban tanto de sus baños turcos y de aquellas luces en forma de estrella de 6 puntas reflejadas del techo. Luminosidad mucho más potente que la energía eléctrica.

En el vado que forma la escalera del doblado se encontraba la puerta de color oscuro gris y negro; Como la España de aquella fecha y cuya puerta barnizada daba acceso a la improvisada cárcel sin luz como la boca de un lobo y que solía valer para poner alguna tinaja con tapa circular de madera y que contenía algún espinazo enterrado en sal del cochino que se sacrifico a primero de Noviembre sobre el 3 que es San Martín. Por aquello de cada cerdo le llega su San Martín.
Este cerdo ibérico se criaba con los desperdicios de la comida de la casa como eran las cáscaras de sandia y de melón y de patatas; los restos de peros (manzanas), todos los restos de materia orgánica y algunos sacos de afrecho que se compraba en una casa que había en la calle la fuente cerca de la farmacia del licenciado Mota y en su cera opuesta, y cuyo acceso al almacén de pienso era desde la misma acera que tenia practicada una ligera pendiente.
Por aquel entonces no existía las bolsas de plástico de basura e incluso yo diría que no había basura que tirar, porque lo que no se comía las gallinas o el cerdo que criábamos, valía para encender la candela del anafre que funcionaba con carbón de encina o serbia de improvisado papel higiénico cuando hacíamos las necesidades fisiológicas en el corral, y nos limpiábamos con el vasto papel de estraza que en la tienda de Teodoro nos daba los envases de cucurucho cuando se compraba un kilo de garbanzo o medio kilo de azúcar cuando la hubiera. Porque no siempre llegaba el azúcar a mi pueblo.
Al principio de los 50 no había agua corriente en las casas y por consiguiente tampoco había alcantarillado.
Capitulo13º Fin de La primera parte: LA BODEGA CONVERTIDA EN CALABOZO. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950 UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (CONTINUARA)

miércoles, 16 de junio de 2010

Capitulo12º Segunda parte: LOS NIÑOS DE LA CAPITAL. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

Capitulo12º Segunda parte: LOS NIÑOS DE LA CAPITAL. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
Los nidos de oropéndolas son una preciosidad están cosidos o entrelazados con finas hebras vegetales entre una horquilla de una rama baja de castaño. Yo tenía uno localizado a las espaldas del tiro y no se lo decía a nadie por temor a que lo profanaran o simplemente lo tocaran consiguiendo con este solo gesto que los padres lo aborrecieran y dejara el nido abandonado a merced de las hormigas.
Sabíamos que era nuestro tesoro y que si le dejábamos que criasen y volaran. Al año siguiente hacían el nido en el mismo árbol o muy cerquita de allí.
Si nuestros padres nos veían llegar a casa con cualquier nido. La reprimenda era de órdago y la inmediata era decirnos que pusiéramos el nido en el mismo sitio donde lo habíamos cogido.
Normalmente la solución era inservible, porque el mal ya estaba hecho y los pajarillos o huevos eran aborrecidos por sus padres y le habíamos quitado la posibilidad de reproducirse ese año. Así como, de no volverlos a ver más por aquellos contornos.

El canto de estos dorados pájaros parece decirnos algo a sin como: “Pajaro viejo. Pajaro viejo” y es el macho el que nos canta de esa manera, oyéndose su eco por todo el castañar de la sierra.
Los colores del macho son de un amarillo intenso. Diría que este y los abejarucos y el martin pescador y la carraca son los pájaros con los colores más llamativos y bonitos de nuestra geografía Española.
¡Ah¡ seme olvidaba nuestro jilguero (colorines en Jaén); Digo nuestro porque lo tenemos todo el año con nosotros; en cambio los anteriores vienen a España solamente una vez para criar.
Los nidos de mirlas son más toscos con mucha aportación de material y los suelen construir en los zarzales.
Los de herreritos los carboneros y las gatinadoras (trepadoras) hacen su nido en cualquier agujero de un viejo árbol o de cualquier oquedad que tengan las paredes de piedra y adobe que separan unas fincas de otra.
En lo alto de estas tapias también sorprendíamos a un lagarto verde o alguna lagartija de sangre fría tomando placida mente el sol o un lagarto ocelado.

Luego cuando regresábamos a casa, ya el guardia se había encargado de decirle a mi padre en el casino, que había visto a su niño por las huertas de la vega abajo, o trasteando en el Bacie de la calleja. A pique de quemarse en aquellas candelas que casi permanecían siempre ardiendo o echando humo o pincharse con cualquier puntilla oxidada expuesto a que le entre el tétano.

Yo no tuve la suerte de contar con refuerzo ni apoyo escolar ni tuve las mejores técnicas de estudio, ni me dieron un aprendizaje con motivación para que me aficionara a los libros y no me expusiera a ser un fracasado escolar. Solo iba consiguiendo sin darme apenas cuenta; el verdadero caldo de cultivo para que germinara la semilla del que no termina los estudios y que no supo aprovechar bien el tiempo.
Con ese caldo de cultivo; de haber habido droga, posiblemente la hubiéramos probado. Y hubiéramos caído en tan ponzoñosa e inútil vicio que terminan su etapa de vidas muy jóvenes. Empezando con el cigarrillo de la risa del hachi y terminando con las venas llenas de veneno o el polvo blanco o las drogas de diseño que va eliminando neuronas hasta dejarte la cabeza vacía.
La suerte nuestra fue que aun los Hipis no habían hecho su aparición en Estados Unidos en San francisco (California) protestando con su actitud pasiva en contra de la guerra de Vietnam. Y que fueron los que extendieron dicho consumo. Y tampoco había llegado la movida del underground ingles, parecida a la botellona pero muchísimo mas dura.

Un día me junte con otros cuatro más del barrio nuevo. Fuimos al oscurecer a visitar las bestias que estaban en una cuadra plácidamente rumiando y cuya cuadra estaba situada por la derecha del camino que sale del barrio viejo y a pocos metros de este, como a unos 100 o 200s metros de la fuente del molino,
Me vi enrolado sin saberlo; con 4 buenas piezas del barrio nuevo y del barrio viejo. Querían ir a hacer no se qué cosa. Pero que todos se las prometían muy felices.

Yo con mis ansias de no perderme nunca nada, les acompañe. Hablaban algo así como de coger gamusinos de noche.
Se trataba de hacer el bestialismo llamado zoofilia; algo extendida esta práctica entre los pueblos y gente que adquieren ciertos caracteres. Y la suelen practicar adolescente de escala social baja.
Llegamos a la cuadra y todos sabían con que burra o mula ponerse; yo para no ser menos quise imitarlos y me subí en la que me habían dejado, y no hice nada más que aproximarme a ella y me dio una pata en el pecho y me arrojo sobre el pesebre de la cuadra dejándome grabada la herradura como un tatuaje de media luna.
Os confieso que con esa edad no se tiene ni orgasmos. Solo fantasía y ansiedad por ser mucho más mayores de lo que éramos.
Después de aquella desafortunada experiencia no quise ir nunca más a ese sitio. La verdad no tuve suerte me toco bailar con la más fea y no se medió bien; Quitándome para siempre las ganas de coger gamusinos de noche. Después de aquello conseguí alejarme de aquellas amistades tan peligrosas.
Otra experiencia desagradable era la de untarnos en la cabeza del prepucio; un liquido blanco que salía al cortar el tallo de una hierba llamada “leche interna” y que simulaba ser el semen que nosotros producíamos como si fuéramos hombrecitos maduros.
Aquello nos ocasionaba un picor desagradable e intenso y al final una hinchazón que tardaba bastante en quitarse.

Visitábamos con frecuencia los viejos arboles de morera que estaban al lado derecho del Tiro.
El tío Pío (guarda del Tiro) que nos sorprendía con el garrote cuando nos encontrábamos más a gusto subido comiendo moras de las moreras de la falda del grandioso edificio. Siempre poníamos a uno de centinela para que vigilando nos avisara si viene el tío Pío. Este centinela ya antes se había hartado de comer moras o simplemente cogía las del suelo que nosotros caímos; las más maduras al movernos por entre las ramas

A mi padre no hacían nada más que decirles: A los arbolitos hay que guiarlos desde chiquititos con un buen palo recto, para que no se tuerzan, porque de lo contrario una vez torcido no hay solución posible y no hay tampoco quien los enderecen. y quien mal anda mal acaba, y dime con quien anda y te diré quién eres, y con quien te vi te compare. Así que mete a tu hijo en vereda que se le ve andar con malas compañías.

Poco después en casa había una rueda de preguntas e interrogatorio y al final a la cama sin cenar y con el culo calentito por la alpargata que tenia mi madre.
Fin de Capitulo12º Segunda parte: LOS NIÑOS DE LA CAPITAL. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
Un saludo DON PEDRO JUNIOR (continuara)

lunes, 14 de junio de 2010

Capitulo 12º Primera parte: LOS NIÑOS DE LA CAPITAL. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950

Capitulo 12º Primera parte: LOS NIÑOS DE LA CAPITAL. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
A los niños de la capital; estas historias que os cuento no le dicen nada y disfrutan con otras cosas distintas, aprenden a leer antes y por consiguiente se diría que adquieren antes más cultura.
Pero de todas formas no les envidio, porque no saben lo que se han perdido por no haber nacido en uno de nuestros pequeñitos y bonitos pueblos serranos.
La gente es sanota y buena, las niñas son primorosas con los carrillos rosados como los peros cachones de Galaroza (manzanas y melocotones de la Naba) y sin embargo ignoran que son hermosas, saltan y juegan y ríen son puras y cristalina como el agua que corre por aquellas montañas.

Esta naturaleza que yo tuve la suerte de admirar en la década del año 1950 con todos sus seres vivos para el deleite de nosotros y para las generaciones venideras; creo que están todavía allí donde los deje en el año 1959 cuando solo contaba 9 años de edad. ¡Dios que bonita infancia! No me importaría repetirla otras ochenta veces más, y quedarme siempre en esa edad.

Espero que haya quedado algo de lo que yo deje; de lo contrario nos lo demandaran y estarán en su derecho el reprochárnoslo todos los que vengan detrás de nosotros.

Es este un patrimonio exclusivo de los que pertenecemos al mundo rural, que en las horas de ocio del recreo escolar, hacíamos nuestras incursiones andando por los montes de nuestra Sierra Morena, lo hacíamos solo o en collera como los guardias civiles, que en alguna ocasiones éramos sorprendido por ellos con aquellas capas verdes y las carabinas asomando por arriba junto al tricornio negro de charol brillante; nos interrogaban diciéndonos: !eh¡ ¿ que se traéis entre manos? ¿a dónde vais por aquí? ¡Nada Sr. Guardia vamos a beber a la fuente Quino!, ¡ a ver si sois bueno eh¡ ¡si señor guardia¡ y ¿tú de quien eres? ¡Yo soy el hijo de Doña Ángeles¡.

A principio de Marzo nos íbamos a las solanas del olivar del Puerto o en la falda del Tiro o a la Orihuela que ya estaban las margaritas floreciendo y el campo cubierto de la fresca hierva.
Cuando el sol empieza a extender sus rayos y a calentarse la tierra, los grillos extienden también sus alas para que el astro rey se las caliente y frotan unas sobre la otra llamando a las solicitas hembras para copular y perpetuar con este acto la especie.
Los grillos mas tempraneros se dan en las solanas del puerto y allí se pueden conseguir los que más cantan, que nosotros les llamamos los grillos reales que algunos tienen también tres rabos como las hembras pero de color rubio y son mucho más apreciados que los carboneros
La hembra tiene tres rabos y es negruzca y alargada y no es tan vistosa y llamativa como el macho, por supuesto no necesita cantar, y cuando canta lo hace tan suave que casi no se le escucha. En cambio el macho tiene un cante muy potente y en el silencio del campo se le oye a distancia.
Es ese cante el que los delata y nos sirve para aproximarnos sigilosamente y atraparlos y meterlos en nuestra pequeña jaula de grillos fabricada por nosotros mismos.
Su construcción era muy tosca, pero efectiva: Tenía una tapa superior cuadrada y otra de igual dimensión abajo en la base; ambas eran de corcho de un grosor de un centímetro. Estaban separadas por unas 13 láminas o tiras de fleje que clavábamos sobre los corchos. Todos estos materiales lo conseguíamos en nuestro santuario: ( El Bacie de la calleja junto a las Escuelas) donde encontrábamos de todo: Las puntillas estaban oxidadas y dobladas; pero nosotros la reciclábamos y enderezábamos, Los flejes estaban oxidados pero nosotros lo reciclábamos dándoles utilidad y clavándolos en el corcho.
Rivalizábamos a ver quien la hacia la jaula mas perfeccionada.
Los grillos que se exponían a los rayos del sol y de esta forma calentaban sus alas para hacerlas sonar mejor y al oír nuestra presencia, dan marcha atrás y se meten en su agujero, pero una vez localizado dicho agujero, la solución que empleábamos era o bien esperar a que saliera de nuevo y taparle con el dedo la retaguardia para que no volviese a entrar o empleábamos otros recursos como era el de meterle en el agujero una finísima paja de avena y hacerla girar con el índice y el pulgar. Este gesto debía de producirle cosquillas al grillo que salía despavorido al exterior para darse la vuelta y volverse a meter de nuevo, pero esta vez de cabeza y presentándote el culo. En esta postura era más difícil el sacarlo porque la paja le hacía cosquillas en el trasero y se obstinaba en salir marcha atrás.
Era cuando recurríamos al recurso extremo que era el orinarnos en el agujero. Este sistema no solía fallar. Salían inmediatamente limpiándose y colocándose con sus patas delanteras, las antenas bien puestas y mientras intentaban aclararse de lo que estaba sucediendo. Ya lo teníamos en la mano y metido en la jaula.
La captura de estos invertebrados nos proporcionaba algunos trueques intercambiándonos unos por otro y al final. Tener el orgullo de poseer el grillo que mas cantaba.
La alimentación era con una hierba que se llama cerraja y que cogíamos en cualquier lado, puesto que esta hierva está muy extendida por el campo y la suelen comer todos los animales, conejos y liebres etc..
Capitulo12º Primera parte: LOS NIÑOS DE LA CAPITAL. Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
Un saludo DON PEDRO JUNIOR (continuara