CAPITULO 20º (2ªparte de): LA FINCA DE VALDELACANA
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
Mi padre me llevaba montado sobre el mulo blanco; encima del serón con las piernas escarranchar íbamos los dos desde Jabugo al Repilao.
Yo iba muy orgulloso desde lo alto de aquella atalaya; divisándolo todo; mi Padre iba pegado a mi espalda y de vez en cuando me dejaba las riendas para que condujera.
Cuando faltaba un par de curvas para llegar al cruce donde estaba la caseta de mi amigo Pavón que su padre era peón caminero. Mi padre decía: ¡Mira allí a la izda.¡ un pájaro perdiz con sus pollitos va hacia arriba.
Veía la madre, pero no a los pollitos llamados perdigones que tienen un plumaje de camuflaje perfecto y se mimetizan aplastándose en el entorno sabedores de que no van a ser vistos.
Al llegar al mismo cruce de la caseta del peón caminero mi madre me contaba que pocos años antes hubo una cantina en la carretera de Jabugo en aquel mismo cruce de carreteras y que tenía un rosal de rosas rojas olorosas y aterciopeladas muy bonitas en el extremo izdo. De la puerta de entrada.
Allí en la finca de Valdelacana vi por vez primera la nieve. En Andalucía nieva muy poco o nada pero; Pero aquel año de principio de los 50; quizás fuera el 1953, sí que lo hizo.
Mis hermanas mellizas aun no habían nacido en El Repilao.
Mi madre saco en brazos a mi hermana Laura y con la otra mano me llevaba a mí hacia la puerta del cortijo donde pasábamos una temporada y fue cuando vi admirado todo el campo teñido de blanco como si alguien le hubiese puesto una enorme sábana.
A mis padres se les veían felices. Y de rebote mi Padre y mi hermana Laura y yo.
Mi madre en el cortijo, fabricaba el pan en una artesa de madera. Amasando la harina y la levadura dándole muchas vueltas hasta conseguir una masa homogénea.
Luego lo dejaba reposar hasta que fermentaba envuelto en una sabana de lienzo blanco.
Ese enorme pan de más de un kilo se metía en el horno árabe que mi padre encendía con los troncos de la poda de las encinas y alcornoques y cuando quedaban solo las ascuas las desplazaban y barría hacia un lado y colocaba la masa en medio de aquel semicírculo.
Ese pan duraba más de 5 días y permanecía durante esos días inalterado y dispuesto para ser comido.
En el corrar o huerto de 150 metros de superficie que estaba en mi casa de Jabugo Mi padre sembraba para el consumo del hogar algunas habichuelas, cebollas ajos habas, dos matas de berenjenas, lechugas y tomate. Dos lechugas dejaba siempre crecer para simiente y en las florecillas de sus largos tallos, venían los bonitos jilgueros con sus variadas plumas de colores y los jamases (pardillos) y chamarines (verdecillos) a comerse las semillas.
Los tomates sobrantes de las matas, se pelaban y troceaban metiéndolos después en una botella con un embudo de hojalata y se tapaba con un tapón de corcho que fabricaba mi padre con un cuchillo bien afilado sobre una piedra de ribera pulida.
Boca arriba sin tapar del todo se calentaban las botellas llenas de tomate, al baño María.
Las botellas llenas le echaba mi madre, antes de ponerles el tapón de corcho una porción pequeña de unos polvos blancos para evitar la multiplicación de bacterias, luego frenaba el tapón con un atado de cuerda fina de cáñamo, para que no se saliera el tapón al fermentar el tomate.
Estos polvos llamados algo así como perborato potásico envueltos en un fino papel; de igual manera que venía envuelto el azafrán que vendía Purita y Salud.
Este producto se adquiría en la farmacia del Señor farmacéutico Mota que tenía cerca del techo encima de una estantería una enorme águila imperial disecada con las alas extendidas en plan de ataque y mirando con unos expresivos y grades ojos amarillos a todo aquel que llegaba al mostrador.
A mí me daba cierto respeto (yuyo) aquella enorme águila imperial.
Estas botellas se abrían en el invierno y se cocinaba con ese tomate que tan rico estaba.
En la tienda de Baldomero escaseaban algunos alimentos primarios y el saco de fibra de yute con azúcar blanca apelmazada en grandes terrones que depositada en un cajón de la de madera de su estantería y que después despachaba con un cazo de aluminio en forma de teja con su mango; Se acababa el azúcar en la tienda nada más empezar el mes y los últimos solo rebañaban del cajón algunos trozos de azúcar apelmazados y algunas hilachas del saco de yute. Había que esperar hasta el mes siguiente.
El café se acababa también pronto. Carmela la nena aun tenía algo. Este articulo lo traían de estraperlo los mochileros desde la vecina Portugal en bolsas de plástico de un kilogramo de peso y anunciaban la marca del Camelo (camello) la gitana y la rosa etc. era un café torrefacto de un color muy negro pero muy aromático, En escasez de este producto se usaba un sucedáneo llamado malta o lo que es lo mismo La cebada tostada o requemada.
Algunos vecinos, (los mochileros) del pueblo, se jugaban el pellejo con sus mochilas a cuestas llenas de café desde el otro lado de la frontera, durante toda una noche y sorteando veredas y barrancos para evitar que la pareja de La Guardia Civil les diera el alto. Unos y otros se conocían y respetaban cada uno su código.
Cuando eran sorprendidos había quien ese día le tocaba tirar la mochila al suelo y salir corriendo al oír el ¡alto a la Guardia civil¡. Otro día le tocaba a otro, y así vivían, tanto guardias como estraperlista.
Con una derrama entre los compañeros se arreglaba todo, cuya derrama consistía en una bolsa de café que tenía que dar cada uno al desafortunado compañero que le había tocado tirar en su huida la tan preciada mercancía.
Algún mochilero era cogido y metido en la cárcel.
Hubo un año que llovió muy bien y en su fecha y los árboles frutales de la finca de Valdelacana se cargaron de fruto y recogió una buena cantidad de siembra como boniato y papas cebollas pepinos pimientos etc.
La borrica y el mulo blanco vinieron a Jabugo cargadito de frutas en sus angarillas y serones.
Con tanda abundancia; le daba a mi padre para vender y regalar a la familia que tenía en Hinojales.
No siempre llovía bien y en su tiempo. Había años que como en la Sagrada Biblia: siete años bueno y siete años malos.
Eran los años 50. Se carecía de todo. Las vitaminas eran muy necesarias para poder subsistir y paliar en parte la mala y poca nutrición que en aquellos años existía.
Mi padre se fabrico un embalaje grande de madera y con relleno de heno y paja, lo llenó de frutas y lo mando por tren desde El Repilao hasta Cumbres Mayores donde estaba mi abuelo materno Pedro Domínguez esperándolo para llevárselo a Hinojales, de donde era mi Madre. Este gesto mi padre lo repitió dos o tres veces que yo recuerde.
Mi madre era feliz porque veía que su marido cumplía con su palabra de ayudar a su familia y de tenerle la casa preparada; como ella merecía tener. Gracias a su esfuerzo de haber conseguido ser una persona colegiada y diplomada que había salido de la mediocridad gracia a mucho esfuerzo empeño y voluntad.
La casa era propia de un hacendado. Y los tres títulos que mi padre poseía de ATS; adornaban muy visible la pared y exhibía con mucho orgullo.
El dormitorio principal estaba adornado con el mismo estilo. Y también se dejaba los postigos entreabiertos para exhibición del que pasara por la calle.
Este amplísimo salón que muy bien se podría comparar con los salones de palacio. Era totalmente visible desde la acera de la calle a través de un amplio ventanal de dos hojas de donde colgaban amplios visillos de grandes encajes y su correspondiente reja andaluza. Para ello se dejaba entre abierto es proceso el postigo y además de airear la casa y eliminar las miasmas y posible mal olor de las casas cerradas con humedades.
Viéndolo todo aquel que pasaba; le daba a conocer la posición social acomodada y de economía desahogada de aquella casa.
Mi padre cuando se caso con ella le había prometido que la pondría como una Reina.
En aquel salón no se podía entrar: “niño a ahí no se entra para nada “ “niño ningunas de esas cosas se pueden tocar” “niño que no te vea yo que entras ahí”
También se podía ver el gran chinero con la bajilla de buena cerámica de La Cartuja de Marqués de Pigman Sevillana. Algunas piezas heredadas de mi bisabuela y gran surtido de platos colgados de la pared.
Presidía el frente un gran cuadro colgado de la Sagrada familia. Y de las otras paredes colgaban buenas láminas de cuadros famosos referentes a tratados de medicina, entre ellos figuraba el gran Catedrático y premio nobel Don Ramón y Cajal que tanto admiraba mi Madre y que le oí decir que era un Señor con muchos dones y virtudes. Nos decía del ilustre Premio Nobel que lo más sobresalía era su celo eficiencia y esfuerzo en su trabajo imposible de superar. Por algo tenía ese Premio.
Decía que fue Doctor en medicina y era militar con graduación de teniente o capitán.
En aquel gran salón también había del mismo estilo y la misma madera noble de castaño haciendo juego con la gran mesa y las sillas; un largo aparador con puertas de cristal que contenía una amplia vidriera y varios cajones que no se podían abrir porque estaban cerrados con llave debido a que contenía las cucharillas de plata que mi Madre compraba a plazos. Allí estaban en sus estuches las cuberterías de plata o de alpaca fina que les vendía periódicamente el platero que venía desde Galaroza y otros pueblos de la sierra haciendo su turné y tenía un apellido portugués era algo así como: Meneses.
Este tal Meneses venía de tarde en tarde a Jabuco.
Aquello estaba en mi casa como de exposición y nunca se celebro nada. Era algo así de “mírame y no me toques”.
Eran tiempos de solo aparentar y figurar un linaje o alcurnia o prosapia y hacer ostentaciones hipócritas, para representar una falsa.
(Así estaban las cosas y creo que Así afortunadamente ya no siguen).
Hoy día podemos vivir de otra manera y se compra en las grandes superficies comerciales como es el IKEAN y una vez instalado en la propia casa todo se puede tocar y todo es de disfrute y uso. A los pocos años se tira y se compra otro nuevo.
En este foro he leído a uno del Repilao, diciendo que el dueño actual de la finca de Valdelacana; ha dado autorización para que se valla de acampada el día del Bollo (Domingo de Resurrección) Lo cual me ha causado mucha admiración por tan noble gesto.
CAPITULO 20º (fin de la 2ª parte) de: LA FINCA DE VALDELACANA
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)
sábado, 17 de julio de 2010
CAPITULO 20º: (primera parte): LA FINCA DE VALDELACANA
CAPITULO 20º: (primera parte): LA FINCA DE VALDELACANA
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
LA FINCA DE VALDELACANA que está situada en el Repilao. Era de mi padre. Fue heredada de dos tíos solteros y discurría un tramo pequeño de la ribera de Carabaña, que viene desde Cortegana regando aguas abajo, todas las fincas de ese pueblo. Estas mismas huertas eran las que se encargaban de quitarle el agua a mi padre en el tiempo de la siembra.
Mi padre se tenía que contentar con la poca agua que le llegaba o las sobras que ellos le dejaban, por tanto solo podía sembrar poca cosa, y si el año había sido seco, ni que decir tiene que ni sembraba.
Por aquel entonces no había cemento ni materiales de plástico para poder fabricar una gran balsa y almacenar el agua tan preciada para la siembra.
Los muros y las casas se hacían de argamasa de tierra y piedras y conformadas entre tablas de maderas que esa tierra y piedra una vez humedecidas y bien aplastadas o apisonadas con grandes mazos de encina con largos mangos.
A los dos o tres días siguientes se les quitaba las tablas y aparecía la pared sólida y duradera ya construida para muchísimos años. Se la coronaba con una hilera de tejas árabes con la finalidad de que la lluvia al caer, no la erosionara y la deshiciera desmoronándola o bien se les ponía finas lanchas de pizarra negra.
El material de construcción era cal y arena. La cal venia de un color rosa y la mayoría de las veces era blanca y muy caliente. Mi padre solía enterrar unas patatas en ella y a los pocos minutos ya estaba cocinada o asada dispuesta para ser comida, pellizcándola y tirando de la fina cascara.
El hombre del campo siempre mira al cielo para ver cuando llega el agua tan esperada que fertilice sus tierras o grano que ha depositado y enterrado en los surcos de la sementera.
Mi padre pudo recoger algo de esa sementera, incluso para vender, sobre todo en años de bonanza.
En los años buenos de lluvia. Vi a mi padre como traía las angarillas a lomos de su burrita Margarita y de un mulo blanco que también tenía.
Venían las bestias a casa a la calle Talero nº 12 cargaditos de melocotones y nectarinas, membrillos y manzanas reinetas y peros, allí llamados (cachones) y los melones amarillos y los melocotones abridores (albérchigos) y sandias y tomates, que en mi casa se vendían, acudiendo la vecindad a comprarlas y hasta se “peleaban” por los artículos.
Entre tanta variedad de frutos había un tipo de sandia o calabaza que mi madre colocaba en el balcón que daba a la fachada de la calle del doblado o soberado y que todo transeúnte podía ver al caminar por la acera.
Este mismo escaparate también lo vi en los distintos pueblos de la Rioja donde pase tres hermosos años de mi juventud. Pero he de hacer una observación: que allí se veían colgados sobre las ventanas y balcones en tiras más o menos largas de pimientos rojos choriceros, que llamaban la atención.
Esas sandias se llamaban sidra y mi madre conseguía con ellas. Hacer meloja y cabello de ángel. Y con la miel fabricaba pestiños y rosas de miel muy ricas.
También solía hacer perrunillas y roscos azucarados.
Mi madre debió de aprenderlo de mi abuela Teófila de Hinojales.
En la finca. Tenía mi padre dos o tres colmenas de corcho y llegado su tiempo venia un hombre de Cortegana a sacar la miel de aquellos grandes canutos de corcho con sus tapaderas del mismo material. Al final de su trabajo dejaba unas grandes bolas de cera, que no se sabe qué utilidad podían tener, Nosotros jugábamos al balón dentro de mi casa.
El hombre venía acompañado de un mozo que era su hijo y traía unos artilugios de largas varillas niqueladas y espátulas alargadas también de níquel brillante y reluciente.
Estas herramientas se fabricaban en la vecina Cortegana. Debió de haber buenos artesanos en la fundición o en la fragua. Porque mi padre tubo una romana muy grande de níquel que se la fabricaron en ese pueblo y que daba gran fiabilidad cuando pesaba los cochinos de la montanera que se engordaban con las bellotas de la finca y el corcho que se pesaba cada doce años. Mi padre antes de irse a Sevilla se deshizo de ella vendiéndosela a algún paisano del pueblo.
Periódicamente también venia un hombre desde Galaroza con un gran mulo blanco que portaba una angarillas
Y vendía naranjas y plátanos y en su pregón decía: Las naranjas de Mairena sin pipas muy dulces y muy buenas.
En ese mismo balcón de la casa de Jabugo, también ponía unas planchas de corcho que servían de base para extender los orejones (trozos de melocotones amarillos en tiras) que el sol se encargaba de dorarlos y secarlos o deshidratarlos para poderlos comer entrado el invierno.
También se ponían las ciruelas pasas de fraile que eran en forma de peras alargadas y los riquísimos bruños. (Ciruela de color verde amarillento, riquísimas)
Hay que puntualizar que estábamos viviendo en una década de posguerra y que la escasez de alimentos básicos era evidente, y todo aquel que pudiera aportar algo de caloría o proteínas, vitaminas a aquella sociedad mal nutrida era alabado y agasajado.
Inmediatamente se corría la voz por todas las calles del pueblo; de que fulanito ha traído tal cosa…
Lo que más importaba en aquellos años era la alimentación.
CAPITULO 20º (Fin de la 1ª parte) de: LA FINCA DE VALDELACANA
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
(UN SALUDO) DON PEDRO JUNIOR (CONTINURA)
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
LA FINCA DE VALDELACANA que está situada en el Repilao. Era de mi padre. Fue heredada de dos tíos solteros y discurría un tramo pequeño de la ribera de Carabaña, que viene desde Cortegana regando aguas abajo, todas las fincas de ese pueblo. Estas mismas huertas eran las que se encargaban de quitarle el agua a mi padre en el tiempo de la siembra.
Mi padre se tenía que contentar con la poca agua que le llegaba o las sobras que ellos le dejaban, por tanto solo podía sembrar poca cosa, y si el año había sido seco, ni que decir tiene que ni sembraba.
Por aquel entonces no había cemento ni materiales de plástico para poder fabricar una gran balsa y almacenar el agua tan preciada para la siembra.
Los muros y las casas se hacían de argamasa de tierra y piedras y conformadas entre tablas de maderas que esa tierra y piedra una vez humedecidas y bien aplastadas o apisonadas con grandes mazos de encina con largos mangos.
A los dos o tres días siguientes se les quitaba las tablas y aparecía la pared sólida y duradera ya construida para muchísimos años. Se la coronaba con una hilera de tejas árabes con la finalidad de que la lluvia al caer, no la erosionara y la deshiciera desmoronándola o bien se les ponía finas lanchas de pizarra negra.
El material de construcción era cal y arena. La cal venia de un color rosa y la mayoría de las veces era blanca y muy caliente. Mi padre solía enterrar unas patatas en ella y a los pocos minutos ya estaba cocinada o asada dispuesta para ser comida, pellizcándola y tirando de la fina cascara.
El hombre del campo siempre mira al cielo para ver cuando llega el agua tan esperada que fertilice sus tierras o grano que ha depositado y enterrado en los surcos de la sementera.
Mi padre pudo recoger algo de esa sementera, incluso para vender, sobre todo en años de bonanza.
En los años buenos de lluvia. Vi a mi padre como traía las angarillas a lomos de su burrita Margarita y de un mulo blanco que también tenía.
Venían las bestias a casa a la calle Talero nº 12 cargaditos de melocotones y nectarinas, membrillos y manzanas reinetas y peros, allí llamados (cachones) y los melones amarillos y los melocotones abridores (albérchigos) y sandias y tomates, que en mi casa se vendían, acudiendo la vecindad a comprarlas y hasta se “peleaban” por los artículos.
Entre tanta variedad de frutos había un tipo de sandia o calabaza que mi madre colocaba en el balcón que daba a la fachada de la calle del doblado o soberado y que todo transeúnte podía ver al caminar por la acera.
Este mismo escaparate también lo vi en los distintos pueblos de la Rioja donde pase tres hermosos años de mi juventud. Pero he de hacer una observación: que allí se veían colgados sobre las ventanas y balcones en tiras más o menos largas de pimientos rojos choriceros, que llamaban la atención.
Esas sandias se llamaban sidra y mi madre conseguía con ellas. Hacer meloja y cabello de ángel. Y con la miel fabricaba pestiños y rosas de miel muy ricas.
También solía hacer perrunillas y roscos azucarados.
Mi madre debió de aprenderlo de mi abuela Teófila de Hinojales.
En la finca. Tenía mi padre dos o tres colmenas de corcho y llegado su tiempo venia un hombre de Cortegana a sacar la miel de aquellos grandes canutos de corcho con sus tapaderas del mismo material. Al final de su trabajo dejaba unas grandes bolas de cera, que no se sabe qué utilidad podían tener, Nosotros jugábamos al balón dentro de mi casa.
El hombre venía acompañado de un mozo que era su hijo y traía unos artilugios de largas varillas niqueladas y espátulas alargadas también de níquel brillante y reluciente.
Estas herramientas se fabricaban en la vecina Cortegana. Debió de haber buenos artesanos en la fundición o en la fragua. Porque mi padre tubo una romana muy grande de níquel que se la fabricaron en ese pueblo y que daba gran fiabilidad cuando pesaba los cochinos de la montanera que se engordaban con las bellotas de la finca y el corcho que se pesaba cada doce años. Mi padre antes de irse a Sevilla se deshizo de ella vendiéndosela a algún paisano del pueblo.
Periódicamente también venia un hombre desde Galaroza con un gran mulo blanco que portaba una angarillas
Y vendía naranjas y plátanos y en su pregón decía: Las naranjas de Mairena sin pipas muy dulces y muy buenas.
En ese mismo balcón de la casa de Jabugo, también ponía unas planchas de corcho que servían de base para extender los orejones (trozos de melocotones amarillos en tiras) que el sol se encargaba de dorarlos y secarlos o deshidratarlos para poderlos comer entrado el invierno.
También se ponían las ciruelas pasas de fraile que eran en forma de peras alargadas y los riquísimos bruños. (Ciruela de color verde amarillento, riquísimas)
Hay que puntualizar que estábamos viviendo en una década de posguerra y que la escasez de alimentos básicos era evidente, y todo aquel que pudiera aportar algo de caloría o proteínas, vitaminas a aquella sociedad mal nutrida era alabado y agasajado.
Inmediatamente se corría la voz por todas las calles del pueblo; de que fulanito ha traído tal cosa…
Lo que más importaba en aquellos años era la alimentación.
CAPITULO 20º (Fin de la 1ª parte) de: LA FINCA DE VALDELACANA
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
(UN SALUDO) DON PEDRO JUNIOR (CONTINURA)
contestacion a manuel matos matos 19 el dia 17/05/2010
¡Hola¡ manuel matos matos 19 del 17/05/2010 nº5723357
Gracias por estar ahí de nuevo. Señal de que sigues mis testimonios y que te gustan mis historietas. Que por otro lado no son simples historietas sino que son verdades como puño que hemos vividos y que las saco a relucir para que no se pierdan en el olvido.
Alguien dijo alguna vez que las personas no se mueren.
Siempre que se recuerden y se hablen de ellas estarán vivas.
Y solo morirán cuando nadie diga ni recuerde nada de ellas. Entonces es cuando verdaderamente estarán muertas.
Alguien también diría: Todo está escrito y todo está hecho. Y yo alargo la frase diciendo: lo importante es: Hacerlo y decirlo otra vez. En el preciso y justo momento.
Es posible que hubiera esos tres barberos en Jabugo, no te lo pongo en duda pero perdóname. Yo ahora despues de cincuenta y tantos años, solo recuerdo la barbería de Moisés y su ayudante que era su hijo y que también se llama Moisés.
Allí era donde mi padre me llevaba a pelar. Que por cierto me daba pañuelazos con el pañito del cuello cuando terminaba su trabajo y me mosqueaba mucho.
Mi padre gozaba de gran amistad con Moisés, debido a que estuvo de vecino con el negocio de la taberna del Zampuzo donde despachaba vinos.
Desde estas letras un abrazo y un gran saludo a Moisés hijo. Que espero disfrute de buena salud. La última vez que lo vi, paseando con su mujer en el paseo de la carretera me dijo que se había jubilado y que dejaba la barbería
Gracias manuel matos matos 19. Sigue ahí leyéndome: que tengo muchos más relatos o testimonios personales para contarte en esta página que tan gentilmente me han dejado.
Al final creo que quedara una bonita novela que adornaran las estanterías de vuestra Biblioteca Municipal (Un saludo) de DON PEDRO JUNIORCONTESTACION
Gracias por estar ahí de nuevo. Señal de que sigues mis testimonios y que te gustan mis historietas. Que por otro lado no son simples historietas sino que son verdades como puño que hemos vividos y que las saco a relucir para que no se pierdan en el olvido.
Alguien dijo alguna vez que las personas no se mueren.
Siempre que se recuerden y se hablen de ellas estarán vivas.
Y solo morirán cuando nadie diga ni recuerde nada de ellas. Entonces es cuando verdaderamente estarán muertas.
Alguien también diría: Todo está escrito y todo está hecho. Y yo alargo la frase diciendo: lo importante es: Hacerlo y decirlo otra vez. En el preciso y justo momento.
Es posible que hubiera esos tres barberos en Jabugo, no te lo pongo en duda pero perdóname. Yo ahora despues de cincuenta y tantos años, solo recuerdo la barbería de Moisés y su ayudante que era su hijo y que también se llama Moisés.
Allí era donde mi padre me llevaba a pelar. Que por cierto me daba pañuelazos con el pañito del cuello cuando terminaba su trabajo y me mosqueaba mucho.
Mi padre gozaba de gran amistad con Moisés, debido a que estuvo de vecino con el negocio de la taberna del Zampuzo donde despachaba vinos.
Desde estas letras un abrazo y un gran saludo a Moisés hijo. Que espero disfrute de buena salud. La última vez que lo vi, paseando con su mujer en el paseo de la carretera me dijo que se había jubilado y que dejaba la barbería
Gracias manuel matos matos 19. Sigue ahí leyéndome: que tengo muchos más relatos o testimonios personales para contarte en esta página que tan gentilmente me han dejado.
Al final creo que quedara una bonita novela que adornaran las estanterías de vuestra Biblioteca Municipal (Un saludo) de DON PEDRO JUNIORCONTESTACION
jueves, 8 de julio de 2010
CAPITULO 19º: LA LLEGADA DE MARISOL
CAPITULO 19º: LA LLEGADA DE MARISOL
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
En el recreo cuando todos estábamos entretenidos en nuestros juegos canticos y voces y murmullos. De pronto se oía un silencio sepulcral; cuando alguien miraba hacia el cielo y con el dedo índice decía: ¡mirar un casamiento¡
Todos parábamos y nos quedábamos inmóviles con la barbilla levantada mirando para arriba.
Se trababa de un grandísimo bando de palomas azules que cruzaban el patio del recreo a una altura de unos cuarenta o cincuenta metros con dirección hacia Portugal por Aroche. Unas veces eran de palomas grandes llamadas Torcaces y otras de palomas más pequeñas llamadas bravías.
Eran bandos de una anchura considerables y con una estela o cola muy larga que parecía interminable. Llegaban a nublar el sol como si de un eclipse de sol se tratase.
Había veces que el bando era de unos pájaros negros llamados estorninos y en otras ocasiones de zorzales.
Después cuando se acababa el recreo y entrabamos en clase nos explicaba Don Francisco el fenómeno de la emigración de todas estas aves.
Y nos decía que. Estas aves o palomas llamadas Torcaces y bravías y zuritas y estorninos; venían todos los años a por las bellotas de nuestras centenarias encinas. Y que los estorninos y zorzales venían a por nuestras aceitunas de nuestros viejos olivos.
Siempre hacían el mismo recorrido: Las Torcaces, estorninos y zorzales desde Inglaterra, Alemania, Polonia, Rusia y todo el norte de Europa, huyendo de las nieves que cubrían el suelo en otoño e invierno en toda esa zona norteña; imposibilitando localizar el alimento.
Las palomas bravías venían de los agujeros de los acantilados donde se habían reproducidos y las zuritas también vienen de esos mismos sitios. Como las grandes cárcavas, o roqueros de los cortados a orillas del mar o del océano.
Al regresar aquí abajo se van a dormir en las grandes extensiones de eucalipto que hay en la frontera con Portugal. Y en las frondosa copa de las encinas centenaria.
Por aquellos años cincuenta se extendió la idea de sembrar todos los campos de eucaliptos. Porque era un árbol que crecía muy rápido y estaban construyéndose las celulosas para fabricar papel; y necesitaban esa materia prima.
Estas aves emigratorias salen muy temprano de estos sitios donde han pasado la noche y se dirigen a las grandes extensiones de las dehesas y olivar del norte de Andalucía y Extremadura.
Estas aves son como nuestros visitantes o turistas que se quedan para cuatro o cinco meses. Hasta que les llega la llamada del apareamiento y se marchan a sus lugares de orígenes para reproducirse y quitarse del calor tórrido del verano andaluz.
A Jabugo nos llego también un buen día un veraneante muy especial se llamaba: Marisol fue una de las veraneantes que vino a mi pueblo desde Sevilla capital para quedarse los tres meses reglamentarios. Y revoluciono de alguna manera a todos los que allí estábamos anquilosados en una sola y simple moral que era la única que existía.
Esta chica nos vino de Sevilla a pasar los tres meses de verano y nos trajo aires frescos distintos y en cierto modo cambió un poco el panorama negro y gris impuesto por la posguerra.
Por aquellas décadas en toda España estaba implantado un régimen totalitario autocrático dictatorial que todos aceptábamos, puesto que no conocíamos otra cosa.
Se conoce que en la gran metrópoli había sido educada en una escuela nacional mixta y se desenvolvía con gran soltura y desparpajo entre los niños de su edad.
Por tal atrevimiento se vio repudiada por las demás niñas del pueblo, puesto que aquella actitud la consideraban propia de una niña descarada que rompía con todos los esquemas que en el pueblo estaban establecidos.
En cambio los chicos estábamos encantados por la agradable visita de Marisol que daba un aire nuevo. Aunque nuestra cortedad no nos permitía acercarnos y ni tan siquiera a conversar con ella por la vergüenza que nos daba el aproximarnos.
Esta actitud que teníamos los pueblerinos hacían patente la diferencia con los chicos la capital. Se podría decir que era el síndrome del cateto.
Algunos más atrevidos sí que tuvieron éxito y entablaron amistad.
De hecho se vio hablar a algunos de los más aventajados a solas con ella. Esto se consideraba un triunfo, para un chico de 8 o 9 años de aquella España, que empezaba a descubrir el sexo contrario. Por supuesto ni que decir tiene que se trataba solamente de hablar y de sentir la proximidad del sexo contrario, no de sexo puro y duro esto último solo se conseguía cuando regresaba uno de la mili, ya hecho un hombrecito.
También es cierto que lo pasábamos muy bien cuando jugábamos todos con ella, todo lo contrario que con las otras que no nos dejaban ni saltar a la comba.
A Marisol le sacamos unas canciones que estaban de actualidad en aquel momento. Y que nosotros agudizando el ingenio le cambiábamos la letra y sonaba tal como así: Cuando yo fui, a casa Marisol salió francisca con un escobón. Cheli te quiero cheli yo te adoro como la salsa del comodoro y tergiversábamos el final diciendo: tú eres la baca y yo soy el toro.
Francisca era la dueña de la casa donde Marisol se hospedaba, vivía por la calle de las escuelas y el cantico era un estribillo de una canción que sonaba por la radio de aquellos años. Parecida a (tengo una baca lechera, no es una baca cualquiera mata moscas con el rabo hay que baca tan salada tolon…..etc.,,
FIN DEL CAPITULO 19º: LA LLEGADA DE MARISOL; Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
En el recreo cuando todos estábamos entretenidos en nuestros juegos canticos y voces y murmullos. De pronto se oía un silencio sepulcral; cuando alguien miraba hacia el cielo y con el dedo índice decía: ¡mirar un casamiento¡
Todos parábamos y nos quedábamos inmóviles con la barbilla levantada mirando para arriba.
Se trababa de un grandísimo bando de palomas azules que cruzaban el patio del recreo a una altura de unos cuarenta o cincuenta metros con dirección hacia Portugal por Aroche. Unas veces eran de palomas grandes llamadas Torcaces y otras de palomas más pequeñas llamadas bravías.
Eran bandos de una anchura considerables y con una estela o cola muy larga que parecía interminable. Llegaban a nublar el sol como si de un eclipse de sol se tratase.
Había veces que el bando era de unos pájaros negros llamados estorninos y en otras ocasiones de zorzales.
Después cuando se acababa el recreo y entrabamos en clase nos explicaba Don Francisco el fenómeno de la emigración de todas estas aves.
Y nos decía que. Estas aves o palomas llamadas Torcaces y bravías y zuritas y estorninos; venían todos los años a por las bellotas de nuestras centenarias encinas. Y que los estorninos y zorzales venían a por nuestras aceitunas de nuestros viejos olivos.
Siempre hacían el mismo recorrido: Las Torcaces, estorninos y zorzales desde Inglaterra, Alemania, Polonia, Rusia y todo el norte de Europa, huyendo de las nieves que cubrían el suelo en otoño e invierno en toda esa zona norteña; imposibilitando localizar el alimento.
Las palomas bravías venían de los agujeros de los acantilados donde se habían reproducidos y las zuritas también vienen de esos mismos sitios. Como las grandes cárcavas, o roqueros de los cortados a orillas del mar o del océano.
Al regresar aquí abajo se van a dormir en las grandes extensiones de eucalipto que hay en la frontera con Portugal. Y en las frondosa copa de las encinas centenaria.
Por aquellos años cincuenta se extendió la idea de sembrar todos los campos de eucaliptos. Porque era un árbol que crecía muy rápido y estaban construyéndose las celulosas para fabricar papel; y necesitaban esa materia prima.
Estas aves emigratorias salen muy temprano de estos sitios donde han pasado la noche y se dirigen a las grandes extensiones de las dehesas y olivar del norte de Andalucía y Extremadura.
Estas aves son como nuestros visitantes o turistas que se quedan para cuatro o cinco meses. Hasta que les llega la llamada del apareamiento y se marchan a sus lugares de orígenes para reproducirse y quitarse del calor tórrido del verano andaluz.
A Jabugo nos llego también un buen día un veraneante muy especial se llamaba: Marisol fue una de las veraneantes que vino a mi pueblo desde Sevilla capital para quedarse los tres meses reglamentarios. Y revoluciono de alguna manera a todos los que allí estábamos anquilosados en una sola y simple moral que era la única que existía.
Esta chica nos vino de Sevilla a pasar los tres meses de verano y nos trajo aires frescos distintos y en cierto modo cambió un poco el panorama negro y gris impuesto por la posguerra.
Por aquellas décadas en toda España estaba implantado un régimen totalitario autocrático dictatorial que todos aceptábamos, puesto que no conocíamos otra cosa.
Se conoce que en la gran metrópoli había sido educada en una escuela nacional mixta y se desenvolvía con gran soltura y desparpajo entre los niños de su edad.
Por tal atrevimiento se vio repudiada por las demás niñas del pueblo, puesto que aquella actitud la consideraban propia de una niña descarada que rompía con todos los esquemas que en el pueblo estaban establecidos.
En cambio los chicos estábamos encantados por la agradable visita de Marisol que daba un aire nuevo. Aunque nuestra cortedad no nos permitía acercarnos y ni tan siquiera a conversar con ella por la vergüenza que nos daba el aproximarnos.
Esta actitud que teníamos los pueblerinos hacían patente la diferencia con los chicos la capital. Se podría decir que era el síndrome del cateto.
Algunos más atrevidos sí que tuvieron éxito y entablaron amistad.
De hecho se vio hablar a algunos de los más aventajados a solas con ella. Esto se consideraba un triunfo, para un chico de 8 o 9 años de aquella España, que empezaba a descubrir el sexo contrario. Por supuesto ni que decir tiene que se trataba solamente de hablar y de sentir la proximidad del sexo contrario, no de sexo puro y duro esto último solo se conseguía cuando regresaba uno de la mili, ya hecho un hombrecito.
También es cierto que lo pasábamos muy bien cuando jugábamos todos con ella, todo lo contrario que con las otras que no nos dejaban ni saltar a la comba.
A Marisol le sacamos unas canciones que estaban de actualidad en aquel momento. Y que nosotros agudizando el ingenio le cambiábamos la letra y sonaba tal como así: Cuando yo fui, a casa Marisol salió francisca con un escobón. Cheli te quiero cheli yo te adoro como la salsa del comodoro y tergiversábamos el final diciendo: tú eres la baca y yo soy el toro.
Francisca era la dueña de la casa donde Marisol se hospedaba, vivía por la calle de las escuelas y el cantico era un estribillo de una canción que sonaba por la radio de aquellos años. Parecida a (tengo una baca lechera, no es una baca cualquiera mata moscas con el rabo hay que baca tan salada tolon…..etc.,,
FIN DEL CAPITULO 19º: LA LLEGADA DE MARISOL; Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO DE 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)
lunes, 5 de julio de 2010
CAPITULO 18º: ¡AL RECREO A JUGAR¡.
CAPITULO 18º ¡AL RECREO A JUGAR¡
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
En el recreo se practicaba un juego de piola llamado la Bombilla, que se dibujaba una figura como de una bombilla en el suelo de tierra apelmazada y cuyo contorno dibujado no se debía de pisar ni tocar.
En la parte donde se suponía debiera de estar el casquillo metálico, se ponía un perdedor inclinado para que los demás saltaran sobre él. Dándole el correspondiente espolinique con el tacón sobre sus posaderas. Unos lo daban más fuerte y otros más suaves dependiendo del afecto que le tuviera al malogrado pagachi.
Aquel que no sabía que palabra decir o decía una palabra que no guardaba relación con lo que se pedía; tenía que sustituir al que estaba con la costana boca abajo y resignarse a que todos le salten por arriba y le den con el humillante y doliente espolinique.
Obrando con prudencia; los de mi pandi nos quedábamos de simple espectadores, adoptando la postura de ladrones de oído de todas las marcas de coche y de las alineaciones de equipos de fútbol etc.
Cuando teníamos aprendido de memoria alguna selección; era cuando entrabamos en el juego. Y cuando el juego era de algo que no dominábamos; nos salimos de la bombilla y no jugábamos. Diríamos que: porque no queríamos estar siempre en el casquillo. (Uno puede ser tonto; pero no de los de babero).
Los enteradillos estaban siempre jugando a la bombilla. La verdad no supimos nunca de que catalogo o revista aprendían tantas marcas.
Nos aprendíamos de memoria la selección del Betis o del Sevilla o del Real Madrid etc.
La selección del Sevilla sonaba más o menos así: Mut, Santin, Campanal, Balero, Ruiz Sosa, Pepillo, Achucarro, Diegue, Santa Mª. Pereda, y Salay.
Y del Bilbao Sonaba Tal que así: Carmelo, Orue, Garay, Canito, Maury, Mauregui, Arteche. Etc. (ya no me acuerdo de ninguno más)
Había que saberse las marcas de los coches de las armas o escopetas de las motos o de las bicicletas de las maquinas de coser etc. Aquel que no acertara o no supiera decir una marca determinada; tenía que ponerse en el del casquillo que era el sitio donde había estado el anterior perdedor.
También sustituía al del casquillo; aquel que distraídamente pisaba la raya del contorno de la bombilla.
Otros juegos eran los de los barreros y los boliches (bolas de barro cocido) en Sevilla recibían el nombre de bolas o canicas y eran de cristal o de cerámica muy perfeccionadas, el barrero era una bola de barro toscas más grande que el boliche y los vendían a céntimos o a perra chica en la tienda de Purita o de Salud que estaban cerca de la barbería de Eusebio, que había una cantinela entre ellas dos y que decía así: ¡ yesca salud que purita vende más que tu¡ La yesca era la cuerda gorda de color amarillo y negra de unos 60 centímetros de larga y que se usaba para prender fuego en los mecheros de piedra manuales.
Y el juego de los trompos de madera, que se ponía un trompo en el medio de un círculo dibujado en la tierra y tirábamos todos sobre él con intención de clavarles la púa de herrero, y cogiendo el trompo que aun giraba, lo pasábamos a la palma de la mano y lo tirábamos sobre el trompo que dormía en el suelo, con intención de sacarlo del circulo y se pusiera otro después.
Otro juego era la lima vieja de perfil triangular que oxidada no podía limar el hierro ni sacarles puntas o aristas finas a los dientes de una sierra que empleaban en aquellos campos dos hombres en movimiento de zigzag cortaban un tronco de encina en rodajas.
Rodajas que mi padre sacaba lascas más pequeñas para la chimenea. Con la ayuda de una buena maza de martillo de 3 kilos y largos cinceles que iba clavando en los troncos.
Cuando esta lima no serbia para estos trabajos, nosotros les dábamos un uso distinto y se trataba de jugar a la lima, lanzándola con tal habilidad que se clavaba a una distancia considerable y tenía que estar la tierra apelmazada después de haber llovido. Formando unas figuras en el suelo íbamos cortando terreno, hasta conseguir ganar el juego el que más terreno había acumulado en sus lances.
Las niñas también tenían sus propios juegos en el Recreo, como el tejo, los cromos las casitas el salto de la comba con su correspondiente cantico al compas de la que saltaban y que era más o menos así: A la una y a las dos los hijos de Jacob que doce son: Rubén, Simeon, Leví, Juda, Isacar, Zabulon, Dan, Leftani, Gad, Aser, Jose, y Bemjamin. etc. De esta forma se aprendían de memoria las doce tribus de los Judios y todo lo que se propusieran. Cantando y jugando a la vez.
Bueno he de decir de José el adivino; no llego a tener ninguna tribu porque llego a ser Jefe de Egipto por un golpe de suerte. Como se comprende, este no nació para martillo y por consiguiente del cielo no le cayeron clavos; sino todo lo contrario Honor y Gloria.
Los dos hijos fueron los que sustituyeron a José y a Leví. Este último se metió a cura sefardita y fundó la congregación de los Levitas
¡Ojo¡. No había que olvidarse de romper la tradición: (Las niñas con las niñas y los niños con los niños); nunca mezclados. Nadie podía romper esas normas, y el que se atreviera a romperlas era inmediatamente expulsado por ellas y tachado; bien de mariquita o de sinvergüenza.
Y de hecho teníamos distinto horario de recreo para no coincidir. Cuando nosotros nos metíamos en clase ellas salían a su recreo.
Mientras yo sufría sólo, en aquel internado Sevillano. En el curso escolar de 1959 al 1960 en Preingreso de Bachillerato. En mi pueblo estaba pasando algo asombroso. Según me contaron mis hermanas. Vinieron unos seminaristas y reagruparon a toda la juventud con el nombre de las Sagradas Misiones.
Mis hermanas me contaron que habían venido unos curitas jóvenes muy guapos y muy simpáticos y había un cántico que decía más o menos así: (En Jabugo en Jabugo hay misión hay misión, tocan las campanas tocan las campanas tin pan pun, tin pan pun.)
FIN DEL CAPITULO 18º: ¡AL RECREO A JUGAR¡.
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
En el recreo se practicaba un juego de piola llamado la Bombilla, que se dibujaba una figura como de una bombilla en el suelo de tierra apelmazada y cuyo contorno dibujado no se debía de pisar ni tocar.
En la parte donde se suponía debiera de estar el casquillo metálico, se ponía un perdedor inclinado para que los demás saltaran sobre él. Dándole el correspondiente espolinique con el tacón sobre sus posaderas. Unos lo daban más fuerte y otros más suaves dependiendo del afecto que le tuviera al malogrado pagachi.
Aquel que no sabía que palabra decir o decía una palabra que no guardaba relación con lo que se pedía; tenía que sustituir al que estaba con la costana boca abajo y resignarse a que todos le salten por arriba y le den con el humillante y doliente espolinique.
Obrando con prudencia; los de mi pandi nos quedábamos de simple espectadores, adoptando la postura de ladrones de oído de todas las marcas de coche y de las alineaciones de equipos de fútbol etc.
Cuando teníamos aprendido de memoria alguna selección; era cuando entrabamos en el juego. Y cuando el juego era de algo que no dominábamos; nos salimos de la bombilla y no jugábamos. Diríamos que: porque no queríamos estar siempre en el casquillo. (Uno puede ser tonto; pero no de los de babero).
Los enteradillos estaban siempre jugando a la bombilla. La verdad no supimos nunca de que catalogo o revista aprendían tantas marcas.
Nos aprendíamos de memoria la selección del Betis o del Sevilla o del Real Madrid etc.
La selección del Sevilla sonaba más o menos así: Mut, Santin, Campanal, Balero, Ruiz Sosa, Pepillo, Achucarro, Diegue, Santa Mª. Pereda, y Salay.
Y del Bilbao Sonaba Tal que así: Carmelo, Orue, Garay, Canito, Maury, Mauregui, Arteche. Etc. (ya no me acuerdo de ninguno más)
Había que saberse las marcas de los coches de las armas o escopetas de las motos o de las bicicletas de las maquinas de coser etc. Aquel que no acertara o no supiera decir una marca determinada; tenía que ponerse en el del casquillo que era el sitio donde había estado el anterior perdedor.
También sustituía al del casquillo; aquel que distraídamente pisaba la raya del contorno de la bombilla.
Otros juegos eran los de los barreros y los boliches (bolas de barro cocido) en Sevilla recibían el nombre de bolas o canicas y eran de cristal o de cerámica muy perfeccionadas, el barrero era una bola de barro toscas más grande que el boliche y los vendían a céntimos o a perra chica en la tienda de Purita o de Salud que estaban cerca de la barbería de Eusebio, que había una cantinela entre ellas dos y que decía así: ¡ yesca salud que purita vende más que tu¡ La yesca era la cuerda gorda de color amarillo y negra de unos 60 centímetros de larga y que se usaba para prender fuego en los mecheros de piedra manuales.
Y el juego de los trompos de madera, que se ponía un trompo en el medio de un círculo dibujado en la tierra y tirábamos todos sobre él con intención de clavarles la púa de herrero, y cogiendo el trompo que aun giraba, lo pasábamos a la palma de la mano y lo tirábamos sobre el trompo que dormía en el suelo, con intención de sacarlo del circulo y se pusiera otro después.
Otro juego era la lima vieja de perfil triangular que oxidada no podía limar el hierro ni sacarles puntas o aristas finas a los dientes de una sierra que empleaban en aquellos campos dos hombres en movimiento de zigzag cortaban un tronco de encina en rodajas.
Rodajas que mi padre sacaba lascas más pequeñas para la chimenea. Con la ayuda de una buena maza de martillo de 3 kilos y largos cinceles que iba clavando en los troncos.
Cuando esta lima no serbia para estos trabajos, nosotros les dábamos un uso distinto y se trataba de jugar a la lima, lanzándola con tal habilidad que se clavaba a una distancia considerable y tenía que estar la tierra apelmazada después de haber llovido. Formando unas figuras en el suelo íbamos cortando terreno, hasta conseguir ganar el juego el que más terreno había acumulado en sus lances.
Las niñas también tenían sus propios juegos en el Recreo, como el tejo, los cromos las casitas el salto de la comba con su correspondiente cantico al compas de la que saltaban y que era más o menos así: A la una y a las dos los hijos de Jacob que doce son: Rubén, Simeon, Leví, Juda, Isacar, Zabulon, Dan, Leftani, Gad, Aser, Jose, y Bemjamin. etc. De esta forma se aprendían de memoria las doce tribus de los Judios y todo lo que se propusieran. Cantando y jugando a la vez.
Bueno he de decir de José el adivino; no llego a tener ninguna tribu porque llego a ser Jefe de Egipto por un golpe de suerte. Como se comprende, este no nació para martillo y por consiguiente del cielo no le cayeron clavos; sino todo lo contrario Honor y Gloria.
Los dos hijos fueron los que sustituyeron a José y a Leví. Este último se metió a cura sefardita y fundó la congregación de los Levitas
¡Ojo¡. No había que olvidarse de romper la tradición: (Las niñas con las niñas y los niños con los niños); nunca mezclados. Nadie podía romper esas normas, y el que se atreviera a romperlas era inmediatamente expulsado por ellas y tachado; bien de mariquita o de sinvergüenza.
Y de hecho teníamos distinto horario de recreo para no coincidir. Cuando nosotros nos metíamos en clase ellas salían a su recreo.
Mientras yo sufría sólo, en aquel internado Sevillano. En el curso escolar de 1959 al 1960 en Preingreso de Bachillerato. En mi pueblo estaba pasando algo asombroso. Según me contaron mis hermanas. Vinieron unos seminaristas y reagruparon a toda la juventud con el nombre de las Sagradas Misiones.
Mis hermanas me contaron que habían venido unos curitas jóvenes muy guapos y muy simpáticos y había un cántico que decía más o menos así: (En Jabugo en Jabugo hay misión hay misión, tocan las campanas tocan las campanas tin pan pun, tin pan pun.)
FIN DEL CAPITULO 18º: ¡AL RECREO A JUGAR¡.
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)
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FIN DEL CAPITULO 18º: ¡AL RECREO A JUGAR¡.
CAPITULO 17º: LOS JUEGOS DE NIÑO QUE SE PERDIETRON EN EL PASEO.
CAPITULO 17º: LOS JUEGOS DE NIÑO QUE SE PERDIETRON EN EL PASEO.
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
Había muchos juegos divertidísimos que lo practicábamos alrededor del paseo.
Estaban los mojones que los hombres de los bares se deleitaban viéndonos y hasta dejaban de beber y comer revoltillos de tripas de cordero o habas cocida con poleo y con su palillo de diente entre los labios o sobre la oreja o clavado en el lateral de la boina.
Salían todos de la barra de los bares que había en el paseo y se ponían curiosos a vernos como lo hacíamos y nos divertíamos.
Observándonos, comparaban como éramos de ágiles.
Entre susurro se oía decir: ¡Ese es el hijo de Pastor Sánchez y ese es el de Corta cero y ese el Cazuela y ese el Purga y ese el de Mota y ese el del Pinto y ese otro es del cartucho y ese Víctor y ese el de Torre, y ese el de Primitivo de la Fragua y ese Pavón del peón caminero y este otro: es el de Inesita la del vasto y ese el hijo de Don Pedro¡
Saltando por alrededor del paseo; dábamos el espolinique con el tacón en las posaderas del que le había tocado estar inclinado con la cabeza hacia abajo. A los doce saltos me tocaba ponerme a mí y dependiendo de lo fuerte que yo hubiera dado así me daban después y viceversa.
Cuando llegué a la capital, lo que aquí llamaban los mojones; en Sevilla recibía el nombre de piola.
Estaba el juego del abejorro que consistía en ponerse uno que le había tocado en suerte a presentarle la espalda a todos los demás y comenzábamos a darle un manotazo sobre la mano que tenía abierta debajo del sobaco; y al volverse nos poníamos todos a mirar al cielo como disimulando e imitando al abejorro con su ruido y tenía que adivinar quién le había dado el manotazo. Si acertaba al de la guanta, se consideraba un perdedor y era sustituido por el de la mano extendida
El del burro que se saltaba sobre uno que le había tocado en suerte ponerse encorvado y agarrando con sus manos a la reja de la ventana del edificio del juzgado que daba al paseo junto al casino y detrás de él se ponía otro perdedor en igual postura inclinada donde saltábamos encima de ellos sobre sus espaldas y aquellos dos que tocaran primero con sus pies el suelo, le tocaba ponerse de costana relevando a los anteriores.
El juego de los botones forrados de tela o de los tapones metálicos que llamábamos platillos de cerveza de la cruz del campo; que escrito sobre un circulo de papel un nombre de un jugador actual y pegados sobre la tela; simulaban ser un equipo de fútbol con su numeración y que sentados sobre el umbral de las casas improvisábamos un partido.
También empleábamos botones que obteníamos de la caja de la costura que teníamos en casa. Eran botones grandes de gabardina o abrigos y de balón utilizábamos uno pequeño de los puños de camisa.
Siempre había alguna vecina que salía y nos decía anda iros a otra puerta que aquí hay una persona enferma y necesita dormir y descansar. Y nos levantábamos y nos íbamos a otro umbral.
Estaba también el juego de la billarda. Aquí destacaba yo. Se jugaba con dos palos. Uno era una vara de olivo y el otro un palito pequeño, de una cuarta de largo y aguzadas las los puntas que lo colocábamos en el suelo tratado de levantarlo dándole un golpe en las puntas para que saltara y volverle a dar cuando estaba en el aire; con el fin de mandarlo lo más lejos posible. Luego se media poniendo la vara en el suelo y se contábamos las varas que había de distancia y el que más varas de distancia tuviera, era el que ganaba el juego. (Una vara, es una medida antigua de longitud que era algo menos que un metro)
Este juego era un tanto peligroso, porque como no estuvieras listo y te pusieras en la trayectoria de donde iba dirigido el palito con puntas que se lanzaba, te podía hacer daño en donde te diera.
Sentados con las piernas abiertas sobre los bancos de hierro fundido que había alrededor del paseo. Jugábamos a ver quien metía más veces los palillos higiénicos usados que encontrábamos en el suelo debajo de la barra de los bares.” Higiénicos” entre comillas.
Se trataba de meter el palillo” higiénico” ya usado, por los diferentes agujeros que tenía el asiento. Como los agujeros eran de distinto tamaño y figura; presentaban más dificultad unos que otros y naturalmente tenían distinto valor numérico.
Todavía no había llegado a Jabugo los helados de marca registrada como los Napolitanos ni los chupachups. Por tanto no pudimos disponíamos de los palitos adecuados para jugar y tan solo nos contentábamos con los mondadientes encontrados en el suelo.
Se apuntaban los tantos con una tiza que le pedíamos al camarero o la traíamos de la escuela. Por aquel entonces también disponíamos cada uno de un material escolar llamado pizarra y pizarrín, que cada uno debíamos de llevar la suya para compartir las clases y hacer las cuentas de suma y resta y multiplicación.
Los únicos helados que podíamos probar eran en la feria de Los Remedios que llegaba un hombre con un cilindro de corcho y dentro tenia fabricado un helado de color blanco y con sabor a canela que ayudado con una medida rectangular y dos galletitas; nos lo vendía por un real.
En definitiva que las horas se pasaban volando con tanto entretenimiento.
FIN DEL CAPITULO 17º: LOS JUEGOS DE NIÑO QUE SE PERDIETRON EN EL PASEO.
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
Había muchos juegos divertidísimos que lo practicábamos alrededor del paseo.
Estaban los mojones que los hombres de los bares se deleitaban viéndonos y hasta dejaban de beber y comer revoltillos de tripas de cordero o habas cocida con poleo y con su palillo de diente entre los labios o sobre la oreja o clavado en el lateral de la boina.
Salían todos de la barra de los bares que había en el paseo y se ponían curiosos a vernos como lo hacíamos y nos divertíamos.
Observándonos, comparaban como éramos de ágiles.
Entre susurro se oía decir: ¡Ese es el hijo de Pastor Sánchez y ese es el de Corta cero y ese el Cazuela y ese el Purga y ese el de Mota y ese el del Pinto y ese otro es del cartucho y ese Víctor y ese el de Torre, y ese el de Primitivo de la Fragua y ese Pavón del peón caminero y este otro: es el de Inesita la del vasto y ese el hijo de Don Pedro¡
Saltando por alrededor del paseo; dábamos el espolinique con el tacón en las posaderas del que le había tocado estar inclinado con la cabeza hacia abajo. A los doce saltos me tocaba ponerme a mí y dependiendo de lo fuerte que yo hubiera dado así me daban después y viceversa.
Cuando llegué a la capital, lo que aquí llamaban los mojones; en Sevilla recibía el nombre de piola.
Estaba el juego del abejorro que consistía en ponerse uno que le había tocado en suerte a presentarle la espalda a todos los demás y comenzábamos a darle un manotazo sobre la mano que tenía abierta debajo del sobaco; y al volverse nos poníamos todos a mirar al cielo como disimulando e imitando al abejorro con su ruido y tenía que adivinar quién le había dado el manotazo. Si acertaba al de la guanta, se consideraba un perdedor y era sustituido por el de la mano extendida
El del burro que se saltaba sobre uno que le había tocado en suerte ponerse encorvado y agarrando con sus manos a la reja de la ventana del edificio del juzgado que daba al paseo junto al casino y detrás de él se ponía otro perdedor en igual postura inclinada donde saltábamos encima de ellos sobre sus espaldas y aquellos dos que tocaran primero con sus pies el suelo, le tocaba ponerse de costana relevando a los anteriores.
El juego de los botones forrados de tela o de los tapones metálicos que llamábamos platillos de cerveza de la cruz del campo; que escrito sobre un circulo de papel un nombre de un jugador actual y pegados sobre la tela; simulaban ser un equipo de fútbol con su numeración y que sentados sobre el umbral de las casas improvisábamos un partido.
También empleábamos botones que obteníamos de la caja de la costura que teníamos en casa. Eran botones grandes de gabardina o abrigos y de balón utilizábamos uno pequeño de los puños de camisa.
Siempre había alguna vecina que salía y nos decía anda iros a otra puerta que aquí hay una persona enferma y necesita dormir y descansar. Y nos levantábamos y nos íbamos a otro umbral.
Estaba también el juego de la billarda. Aquí destacaba yo. Se jugaba con dos palos. Uno era una vara de olivo y el otro un palito pequeño, de una cuarta de largo y aguzadas las los puntas que lo colocábamos en el suelo tratado de levantarlo dándole un golpe en las puntas para que saltara y volverle a dar cuando estaba en el aire; con el fin de mandarlo lo más lejos posible. Luego se media poniendo la vara en el suelo y se contábamos las varas que había de distancia y el que más varas de distancia tuviera, era el que ganaba el juego. (Una vara, es una medida antigua de longitud que era algo menos que un metro)
Este juego era un tanto peligroso, porque como no estuvieras listo y te pusieras en la trayectoria de donde iba dirigido el palito con puntas que se lanzaba, te podía hacer daño en donde te diera.
Sentados con las piernas abiertas sobre los bancos de hierro fundido que había alrededor del paseo. Jugábamos a ver quien metía más veces los palillos higiénicos usados que encontrábamos en el suelo debajo de la barra de los bares.” Higiénicos” entre comillas.
Se trataba de meter el palillo” higiénico” ya usado, por los diferentes agujeros que tenía el asiento. Como los agujeros eran de distinto tamaño y figura; presentaban más dificultad unos que otros y naturalmente tenían distinto valor numérico.
Todavía no había llegado a Jabugo los helados de marca registrada como los Napolitanos ni los chupachups. Por tanto no pudimos disponíamos de los palitos adecuados para jugar y tan solo nos contentábamos con los mondadientes encontrados en el suelo.
Se apuntaban los tantos con una tiza que le pedíamos al camarero o la traíamos de la escuela. Por aquel entonces también disponíamos cada uno de un material escolar llamado pizarra y pizarrín, que cada uno debíamos de llevar la suya para compartir las clases y hacer las cuentas de suma y resta y multiplicación.
Los únicos helados que podíamos probar eran en la feria de Los Remedios que llegaba un hombre con un cilindro de corcho y dentro tenia fabricado un helado de color blanco y con sabor a canela que ayudado con una medida rectangular y dos galletitas; nos lo vendía por un real.
En definitiva que las horas se pasaban volando con tanto entretenimiento.
FIN DEL CAPITULO 17º: LOS JUEGOS DE NIÑO QUE SE PERDIETRON EN EL PASEO.
Del libro: AUTOBIOGRAFIA DE UN NIÑO EN JABUGO EN 1950
UN SALUDO DE DON PEDRO JUNIOR (continuara)
Intentan sabotear mi libro El día tres de Julio a las 18.26 horas y con el Nº de registro 5667675.
Alguien sin identificar. El día tres de Julio a las 18.26 horas y con el Nº de registro 5667675. Se ha puesto a sabotear mi libro escribiendo todos mis capitulo juntos y sin poner ningún punto ni ninguna coma.
¿No se qué significado tiene eso? ¿Quizás alguien me lo pueda explicar?
Porque no tiene sentido que me pintarraqueen mi libro: dado que lo que he pretendido desde el principio ha sido donar mis relatos y contribuir con mi testimonio de una forma altruista y totalmente desinteresada a que dispongáis en vuestra biblioteca municipal de este legado para que puedan saber lo que sucedió en la década de los años 50.
Un saludo de DON PEDRO JUNIOR (continuara)
¿No se qué significado tiene eso? ¿Quizás alguien me lo pueda explicar?
Porque no tiene sentido que me pintarraqueen mi libro: dado que lo que he pretendido desde el principio ha sido donar mis relatos y contribuir con mi testimonio de una forma altruista y totalmente desinteresada a que dispongáis en vuestra biblioteca municipal de este legado para que puedan saber lo que sucedió en la década de los años 50.
Un saludo de DON PEDRO JUNIOR (continuara)
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